“Cuento de Invierno: …para irme a dormir!”

por Alejandro Aramendía

Era de esperar. Dada la cercanía de la fecha, era de esperar.

Como todos los años, el día 14 de febrero es considerado como el Día de San Valentín o día anual del amor concupiscible, en la mayoría de los países occidentales. Y dado que el consumo que generó la aparición de esta celebración no sólo se limita a las industrias que manufacturan bombones y artículos susceptibles de convertirse en regalo, sino que también afecta al sector cinematográfico (¿existe acaso un recurso más utilizado que el cine, para planear una tarde en pareja…?), era de esperar que alguna productora con ambición lucrativa, y poco interés creativo, patrocinase un proyecto directamente destinado a cubrir la necesidad, de cualquier pareja, de encontrar la cinta adecuada para disfrutar, de un modo completo, del “día de los enamorados”.

Cumpliendo todos los pronósticos, Warner Bros., junto a Village Roadshaw y Weed Road, tendieron un cheque en blanco al director Akiva Goldsman (que hasta la fecha, no había ejercido como tal), y le dejaron probarse a sí mismo como realizador, sobre un guión que él adaptó de la novela homónima de Mark Helprin. ¿El resultado? Lamentable…

Partiré analizando al propio Goldsman.

Beverly (J. B. Findlay), junto a Peter Lake (Colin Farrell)

Hasta la fecha guionista (y de los buenos…) y productor, venía precedido por el éxito de los libretos que escribió para cintas de la talla y éxito de Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001), Yo, Robot (Alex Proyas, 2004) o Cinderella Man (Ron Howard, 2005), además de otros más comerciales, aunque igual de exitosos como El código Da Vinci (Ron Howard, 2006), Soy Leyenda (Francis Lawrence, 2007) o la secuela (en la saga de Dan Brown, precuela…), Ángeles y Demonios (Ron Howard, 2009).

Asociado generalmente a los proyectos que llevaba a cabo Ron Howard, como se puede comprobar, obtuvo un Oscar como escritor por su trabajo en Una mente maravillosa. Y a raíz de esto le empezaron a salir pequeños recados como director, por ejemplo, algunos episodios en series televisivas. Alguien debió de maravillarse ante tan versátil despliegue de talento cinematográfico, y decidió entregarle los mandos del proyecto para llevar Winter´s Tale, del ya nombrado escritor Helprin, a la gran pantalla. Le tendieron un cheque en blanco, y él se dedicó a comprar azúcar y a degradar a buenos actores.

Russell Crowe, como el demonio “Pearly Soames”

Para empezar, la película comienza de un modo lento y poco claro. De forma algo pretenciosa, Goldsman intenta embaucar al espectador, haciéndole creer que va a disfrutar de un cuento de hadas que le va a maravillar, con una narración en off que, considerando la cinta de forma global, sobra totalmente. Por otro lado, el transcurrir del guión es endiabladamente atropellado, rápido, y sin embargo aburrido. En cuanto a contenido, está lleno de escenas tópicas, situaciones edulcoradas, y trucos de lágrima fácil.

Nos narra la historia de Peter Lake, un niño abandonado a su suerte la Nueva York de principios del siglo XX, reconvertido en ladrón una vez crecido, que entra en conflicto con su jefe local, Pearly Soames. Lo que en un principio aparenta ser un simple jefe del hampa, resulta posteriormente ser un demonio al servicio de las fuerzas del Mal en el mundo. Aquí comienza la magia y la fantasía, junto a un caballo alado que resulta ser un ángel guardian que ayuda al ladrón. Éste, en plena huída, entra a robar a la casa de una bella joven, Beverly Penn, de la que queda prendado. Desgraciadamente, la joven es una enferma de tisis, mas servirá para mostrarnos la redención interior del melancólico Peter Lake. En este punto, la trama se torna una mezcla entre una historia de amor entre el chico pobre y la joven rica (marcada por un dramatismo exagerado y tramposo), y una clase de ética sobre la lucha entre el Bien y el Mal, destinada a un niño de 4 años, con los malvados demonios y el bondadoso ladrón como protagonistas.

En un momento dado, con un nudo que podría cerrarse perfectamente a los 60 minutos de película, el guión da un giro absurdo y mal explicado, y la historia vuelve a repetirse otra vez. De principio a fin. Solo que ahora, situada un siglo más tarde, más edulcorada, y con una niña con cáncer (en fin…) como personaje del que se tiene que enamorar el protagonista. Tal vez este ligero punto de pederastia fue lo más atrevido que llegó a hacer Akiva Goldsman en el film, cuyas secuencias son típicas, insípidas, simplonas y sin detalle.

Por otro lado, fue incapaz de sacar el mínimo partido del plantel de estrellas que formaban el reparto, a las que también acuso de rebajarse participando en semejante bodrio, a cambio de un maletín inmerecido.

Jennifer Connelly, en el papel de “Virginia Gamely”

A la cabeza, encontramos a Colin Farrell (Última llamada (Joel Schumacher, 2002), Corrupción en Miami (Michael Mann, 2006)), en el papel de Peter Lake. El actor, que me había dejado un muy buen sabor de boca con su bastante buena actuación en Al encuentro de Mr. Banks (John Lee Hancock, 2014), y forzado a mejorar mi opinión sobre él, únicamente repitió el peinado en ésta, en la que cumple, y nada más.

Como el malvado demonio, vemos a Russell Crowe (Gladiator (Ridley Scott, 2000), Los Miserables (Tom Hooper, 2012)), un actor de los que yo considero “top“, que indiscutiblemente es el mejor de todo el reparto, pero que no debe elegir proyectos tan mediocres a cambio de una simple suma elevada de dinero. Su actuación es creíble, interesante y bastante oscura, y por lo tanto, descoordina con el tono general del resto.

En un segundo orden de peso en la película, encontramos a Jessica Brown Findlay (Albatross (Nial McCormick, 2011)), dando vida a la joven Beverly. No lo hace del todo mal para ser su segundo trabajo en un largometraje. También vemos a Jennifer Connelly (ganadora del Oscar a Mejor actriz de reparto por Una mente maravillosa (2001)) como Virginia, a la que pagan por llorar el 80% del tiempo que sale en pantalla. No lo hace mal sin embargo la debutante Mckayla Twiggs, de 9 años, en el papel de la pequeña Willa Penn.

Y ya realizando dos o tres simples cameos, encontramos a Will Smith como Lucifer, que cansado ya de realizar buenas interpretaciones, prosigue con su proyecto de convertir el Cine en su máquina de imprimir billetes; a Kevin Durand (no el jugador de baloncesto, sino el Little John de la última Robin Hood (Ridley Scott, 2010)), actor que me gusta, al que apenas le dan unas frases; y Matt Bomer (Magic Mike (Steven Soderbergh, 2012)), al que todo el público femenino quería ver protagonizando la adaptación de 50 sombras de Grey, haciendo del padre de Peter Lake: bien podía haberse ausentado en este proyecto, también…

En la parte más técnica de la cinta, encontramos una lograda ambientación, con un agradable vestuario, rivalizando con unos pobres efectos visuales cuando se suceden las escenas que albergan algo de fantasía. La música pasa literalmente desapercibida durante la película, por otro lado, y es algo que me duele, sabiendo que la compuso el generalmente sobresaliente Hans Zimmer (ganador del Oscar por la icónica banda sonora de El Rey León (Rob Minkoff & Roger Allers, 1994)).

Cuento de Invierno es una película de bajo nivel, para nada coligado al presupuesto invertido en ella, empalagosa y aburrida, que cuenta con actores de talla mundial cuyo rendimiento apenas llega a la mitad de su potencial, y dirigida por un muy buen guionista pero un muy mal realizador: la película ideal para besuquear a la novia, y olvidarse de la pantalla, cuando uno va al cine, el día de San Valentín…

– Lo Mejor: Las escenas en las que sale Russell Crowe.

– Lo Peor: Que las productoras financien con tanta facilidad proyectos tan bajos, y sean austeras con gente que tiene buenas ideas.

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3 comentarios el ““Cuento de Invierno: …para irme a dormir!”

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