Pompeya: el Apocalípsis de una ciudad, y de una película

por Andrea Zabalza

Afiche de Pompeya

Llegué a la taquilla del cine, miré la cartelera, pensé durante unos minutos y finalmente me decidí por ver Pompeya, la nueva película de Paul W.S Anderson que contaba quizá la historia más entretenida y atrayente de las que había en cartelera (y un caramelo para llevar a la gran pantalla).

Me equivoqué, creí al director en una de las entrevistas que realizó hace apenas un mes para una conocida revista de cine, en la que el propio Anderson admitía que esta historia era una de esas historias que cuando eres pequeño lees, te cuentan o por alguna razón conoces y te deja fascinado, te atrae y llega a obsesionarte, y yo creí al director porque tenía ese mismo sentimiento hacia la historia de una ciudad que fue sepultada por las cenizas y se convirtió en una ciudad eterna.

Pues bien, me senté en mi butaca y esperé ansiosa a que pasaran los anuncios y los trailers para que empezara la película, y al comienzo de ésta, vi cosas que me gustaron, como es una vista impresionante de la reconstrucción realizada de la ciudad, magnífica imagen que aumenta las expectativas sobre la película. Esto dura poco, comienza la historia (que aunque el director dijo que iba a ser fiel a lo que pasó en los últimos días de la ciudad del ocio, en realidad se refería únicamente a que el volcán en erupción iba a aparecer en la película), el director nos ha querido colar como hacen muchos directores, una historia de amor “épico” (como el propio director la calificó en la misma entrevista ya comentada), y que si bien es una historia que podría llegar a parecernos tierna, bonita o incluso pasional por sus protagonistas (tienen todos los ingredientes: guapos, jóvenes y de diferente clase social), y que a mi sin embargo, no me hizo sentir nada, no me llegó a emocionar con esa historia que pretendía emular de alguna manera a la que Jack y Rose vivieron en los pasillos y la cubierta del TITANIC.

No soy muy de películas románticas, pero entiendo que en el cine actual y sobre todo en el Hollywood actual es casi imprescindible que haya un romance, lo entiendo, es normal, pero, si bien me emocionó ver a Rose soltar sus manos de las barandillas, confiar en Jack y abrir sus ojos para sentirse libre, en este caso no vi eso, no vi nada, no llegué a empatizar con la historia de Milo (o Celta, su nombre como Gladiador) y Casia, un esclavo convertido en Gladiador y una joven Pompeyana de buena familia.  Y es que, se supone que están muy enamorados, pero ni siquiera saben el nombre el uno del otro, no tienen ni una sola conversación de más de 5 palabras en toda la película, y si bien se miran mucho, eso no basta ni bastará nunca para que el espectador vea la gran historia de amor que se pretendía, además una historia de amor que comienza cuando él mata a un caballo y ella se enamora de él, no puede acabar bien, es imposible (siento el spoiler, pero tenía que decirlo, no le veo sentido).

Pasemos a hablar del trabajo más técnico realizado por el director, Anderson ha hecho un gran trabajo con la ciudad, me llevó a la Pompeya del año 79 d.C y es que la reconstrucción realizada de la ciudad es magnífica, hay pocas escenas en las que nos enseña la ciudad (un error, por que es lo mejor de la película), pero sí la vemos cuando la joven Casia llega a la ciudad desde Roma y nos lleva por algunas callejuelas. La parte técnica es lo mejor de la película, destaca de manera sobresaliente con unos efectos especiales que sobretodo la última media hora de película, hacen de ella una verdadera película apocalíptica.

Imagen de Milo y Casia en plena erupción del Vesubio

En cuanto al reparto, encabezado por el joven Kit Harington (al que todos conocemos por su papel de Jon Snow en la magnífica Juego de Tronos; Silent Hill 2:Revelación 3D, 2012) así como Emily Browning (“Sucker Punch”, 2011; “The Host”, 2013), el primero no encuentra su sitio en la película, está perdido en ocasiones, y yo no me lo creí interpretando a un esclavo convertido en Gladiador rebelde que se enfrenta a la tiranía de Roma. Sin embargo, Browning sí me convenció, me pareció la más acertada en su papel de joven rebelde que no va a conformarse con ser la mujer de un odioso y corrupto senador Romano (interpretado por un grande como es Kiefer Sutherland que resuelve su papel de forma correcta). Si bien hay personajes que pueden resultar muy atractivos, en la película aparecen desdibujados y no logras empatizar con ellos.

Pese a ser una historia con un gran presupuesto, para mi gusto, la historia de cómo el Vesubio destruyó y sepultó una de las grandes sedes del ocio, se convierte aquí  en una mala mezcla de Gladiator, Espartaco e incluso Conan o Titanic (si ya lo dice mi madre, “hija, nunca mezcles”), que no convence, y que la convierten en una película que si bien era apocalíptica por su tema, se ha convertido en una oportunidad desperdiciada de hacernos vivir la erupción del Vesubio con la carne de gallina.

 

Lo mejor: los efectos visuales y sobretodo la reconstrucción de la ciudad eterna.

Lo peor: la “épica” historia de amor que no tiene nada de épica, y un cóctel de Gladiadores, revolución, amor y otros, que realiza el director y que llevan a la película a un desastre tan apocalíptico como el que hizo de Pompeya una ciudad eterna.

 

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