Foxcatcher: 2 + 5 = 7…

por Alejandro Aramendía (@alejandro_arame)

Estoy empezando a cogerle cierto paquete a los biopics.

Lo sé. Todo el mundo del Cine lo sabe. Últimamente, no hay un camino más sencillo (dentro de su ardua complejidad…) para que te den un Oscar como actor, que interpretar un personaje dramático basado en una persona real, existente, y generalmente, cercana en el tiempo y el espacio (tanto material como digital, pues hoy en día cualquiera puede teclear en Google “Jordan Belfort” y conocer la historia del verdadero “lobo de Wall Street”…).

¿Me equivoco? Echemos la vista atrás:

Año 2005. Jamie Foxx protagoniza Ray (Taylor Hackford), dando vida al emblemático músico Ray Charles. Se lleva el Oscar.

Año 2006. Philip S. Hoffman, que en paz descanse, se lleva el premio por interpretar a Truman Capote, bajo la dirección de Bennett Miller, a quien en breve haremos una visita.

Año 2009. Sean Penn se lo lleva por retratar al primer congresista gay de los EEUU, Harvey Milk.

Año 2011. Colin Firth gana la estatuilla dorada dando vida al rey Jorge IV.

Año 2013. Daniel Day Lewis hace de Abraham Lincoln, y se lleva el Oscar a Mejor actor.

Año 2014. Matt McCounaghey se disfraza de Ron Woodroof, famoso seropositivo que fundó el ‘Club de compradores de Dallas’ como medio para conseguir una cura alternativa para su enfermedad. Premio.

Tatum, como ‘Mark Schultz’; Carell, como ‘John DuPont’

¿Y ellas? Meryl Streep como Margareth Thatcher; Marion Cotillard como Edith Piaf; Helen Mirren como Isabel II de Inglaterra… Y ni siquiera nos hemos parado a considerar los premios de reparto.

Los biopics generan Oscars para sus intérpretes, y esto es un hecho. Pero, ¿qué sacrifican a cambio? Su genialidad. Nunca un biopic llega a ser una película redonda, de la talla de una obra maestra, y con el calado de un icono de culto. Los biopics generan estrellas en Boulevard y Vine Street, no joyas para el Archivo Nacional del Congreso.

Por eso los biopics nunca llegan a enamorarme. Por eso les estoy empezando a coger cierto paquete.

Y que nadie me malinterprete. Las películas biográficas de primer nivel (excluyo secundarias del estilo Jobs (J.M. Stern, 2013), Amelia (Mira Nair, 2009), …) generalmente son buenas. Pero nunca llegan a ser excelentes. Siempre, de ocho sobre diez. Y por ello estoy empezando a condenarlas al prejuicio.

A la dcha.: Mark Ruffalo, como ‘Dave Schultz’

Esta temporada cinematográfica, cuyos meses fuertes llegan con el frío y los premios, ha venido bastante cargada de este tipo de largometrajes. Hace nada vimos La Teoría del Todo, y mi compañera Andrea Zabalza comentaba algo similar a lo que yo acabo de exponer. Ahora, con Foxcatcher, la sensación está empezando a ser repetitiva.

Hablemos de ella.

El guión de la película que dirige Bennett Miller se asienta sobre la historia real de dos competidores de lucha olímpica, los hermanos Schultz, y su relación con un magnate de la industria química, filántropo en su extenso tiempo libre, llamado John E. DuPont. El punto de partida del largometraje se establece cuando el tercero, amante del deporte que practican los anteriores, decide financiar la carrera del hermano pequeño, Mark Schultz, invitándole a vivir en su extensa finca, y formar parte de su equipo de lucha: el equipo Foxcatcher.

Más allá de los problemas de equilibrio del propio guión, demasiado extenso a la hora de presentarnos a los personajes, e increíblemente escueto a la hora de desarrollar el nudo más llamativo de la trama, el principal obstáculo que encuentro es la lentitud del film. Cierto es que estamos ante una película dramática, pero el director Bennett Miller ha dotado a su obra de un tono gris, lento y pesado, consonante con el que le ha dado su director de fotografía, Graig Fraser. Este efecto se genera en gran parte debido a una constante ausencia de música durante un número considerable de escenas. ¿De verdad era necesario teñir tanto la película…? Sus dos horas y cuarto de duración, además, no ayudan…

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Es precisamente en este punto donde el realizador ha metido la pata, de la misma forma que en aquella Moneyball del año 2011. La película se queda vacía, y acaba siendo demasiado simple. No importa cuán bonitas y estilizadas se rotulen las cifras, si al final lo que van a exponernos es ‘2 + 5 = 7’. La simplicidad ahuyenta el interés, y más aún, si la primera cifra y el símbolo operatorio ocupan dos veces la extensión del resto de la operación.

Eso sí. Hay que reconocer que la escritura es exquisita. El habitualmente cómico Steve Carell nos brinda la que por el momento es la interpretación de su carrera. Su gesto rígido y turbador a la hora de interpretar a John DuPont, junto con algunos detalles en su voz que por desgracia no podemos apreciar en la versión doblada al castellano, le han valido una merecida nominación al Oscar. Es lo mejor sin duda de la película. El premio para él estaría asegurado, de no ser por lo reñida que está la categoría este año.

Por detrás de Carell aparece Mark Ruffalo, que eclipsa, aunque tenga la mitad de escenas, a Channing Tatum, ambos interpretando a los hermanos Dave y Mark Schultz, de forma respectiva. Su soberbia actuación no tendría por qué extrañar a nadie, pero siempre sorprende ver un chorro de calidad en pantalla. Y se agradece. Tatum no está mal, de hecho, pero parece un colegial torpe al lado de un alumno que le aventaja en talento y experiencia.

El resto del reparto es un mero figurante, aunque podríamos destacar positivamente a Guy Boyd, que interpreta a Henry, el abogado de la familia DuPont. Su presencia en pantalla y su naturalidad son abrumadoras.

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En la parte más técnica del largometraje, destaca una buena ambientación, con vestuario, maquillaje y atrezzo bastante bien diseñados para la película (la escena en la que Tatum aparece con los icónicos vaqueros claros de principios de los 90’s, y unas mechas rubias, nos lleva de un salto a aquellos años…), así como una banda sonora que cuando aparece, aunque lo haga en muy pocas ocasiones, hace que la pantalla resuene y se oscurezca aún más (si es lo que el director quería, lo consigue).

No obstante, la película no llega ni de lejos a rozar la excelencia aunque sus intérpretes lo hagan, a interesar al espectador de una forma que atrape, ni a impactar visual o emocionalmente al que la observa. La sensación vuelve a ser la misma. Un par de estrellas más en la acera, y una película más al trastero…

– Lo Mejor: La interpretación de Steve Carell.

– Lo Peor: El Oscar se lo va a llevar Eddie Redmayne.

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