Entrevista con Borja Cobeaga, director de ‘Negociador’

 

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“Uno se imagina unas negociaciones muy matemáticas, muy solemnes, muy graves, donde todo está milimetrado, y al final no era así. El factor humano pesaba mucho.”

“Una de las cosas que tienes que hacer cuando haces una película es saber dónde estás ubicado. No creo que ésta sea una película fácil.”

“Hollywood es muy impresionante. Es muy de plástico, pero también tiene una cosa inquietante de verdad. En la fiesta de nominados ¡Spielberg apareció en chándal!”

 

“España. Segunda mitad de la primera década del siglo XXI. Un político vasco decide emprender la ardua tarea de negociar con ETA el final de la violencia de la banda terrorista. Sin embargo, la situación, lejos de resultar solemne y calculada, acabará dependiendo enormemente de las relaciones personales establecidas entre los interlocutores…”

Ésta es la nueva trama que nos propone Borja Cobeaga, con un tono de humor al que no estamos habituados, en su nueva película, Negociador (que se estrena en cines el día 13 de marzo). El cineasta donostiarra, que todavía saborea el gran éxito cosechado con Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014), cuyo guión escribió junto a Diego San José, nos presenta su tercer largometraje como director, nuevamente imbuido en el género cómico que ya trabajó con sus anteriores filmes, Pagafantas (2009) y No Controles (2010).

El realizador atiende a Cinefilex| en un ambiente distendido, en el corazón de uno de los cines más puristas de Pamplona, los cines Golem Yamaguchi, para arrojar una mirada distinta a su película, al camino que la precede, y al que viene por delante…

Afiche de ‘Negociador’, la nueva película de Borja Cobeaga

Cinefilex|: ‘Negociador’ trata un tema complicado. La ETA, las negociaciones secretas del Gobierno con la banda terrorista, sometidas a críticas desde muchos sectores… ¿Por qué decidiste darle un tono cómico a la película?

Borja Cobeaga: Yo creo que el lado cómico de ‘Negociador’, que evidentemente es una tragicomedia (dado que tratamos un tema espinoso, que no da tanto pie a una comedia loca) viene no tanto de que yo quisiese sacarle punta cómica, sino porque la realidad tuvo mucho de cómico. Esta película viene de ese momento en que se empiezan a conocer muchas cosas de aquellas negociaciones, sobre las que el propio Jesús Eguiguren escribió un libro. El libro tiene pasajes delirantes, de comedia, ¡incluso algunos tan exagerados que no quise poner en la película! Por ejemplo, antes de ponerse a negociar Josu Ternera y Eguiguren, en aquel hotel en Suiza a las 8 de la mañana, ¡se veían el encierro de Sanfermines! Uno se imagina unas negociaciones muy matemáticas, muy solemnes, muy graves, donde todo está milimetrado, y al final no era así. El factor humano pesaba mucho. Más que hacer algo cómico, he puesto la mirada en los elementos cómicos que tenía la realidad…

C|: ¿Y cómo surge esa idea de hacer una película sobre las negociaciones entre ETA y Gobierno?

B.C.: Surge en el momento en que decido hacer una comedia algo más “tristona”. Vengo de hacer comedia alocada, y este tipo de comedia, con un poso más dramático, la había practicado en mis cortos, pero nunca en un largometraje. Y después de haber trabajado en ‘Vaya Semanita’, y haber sentido ese interés por los elementos cotidianos del conflicto vasco, más que aquello que está en primer término, apareció ‘Negociador’. Me apetecía un montón hacer una película con este tema, y por ello, dado el tamaño que tiene, y sus ambiciones, es una película muy personal. Tiene algo de capricho, de “me apetecía hacer esta película, y punto”. Por ello no había tanto estudiado al respecto. La historia apareció, encajaba muy bien con el tono que quería, y simplemente la hice.

C|: ‘Negociador’ comparte algunos ingredientes con ‘Ocho Apellidos Vascos’, de la que fuiste co-guionista, como la temática vasca, la comicidad, una duración cómoda que ronda la hora y media… ¿podría alcanzar el éxito que cosechó la película de Martínez-Lázaro?

B.C.: Yo creo que ‘Negociador’ es una película pequeña, y más esquinada. Una de las cosas que tienes que hacer cuando haces una película es saber dónde estás ubicado. No creo que ésta sea una película fácil. Tiene muchos silencios, y un tono extraño que a mí me interesa mucho, pero que puede desconcertar. Quien espere ver una película de carcajada limpia puede llegar a sentirse bastante decepcionado, y eso es algo que a mí no me gustaría provocar. “Vas a entrar y te vas a partir la caja”, no, no es así. Sí que puede hacer gracia, porque yo creo que es una película graciosa, pero no es una película de las que vas a ver al cine para desconectar. Tiene un humor más incómodo, más seco. Y yo siempre pienso que si algo me interesa a mí, que me considero una persona bastante normal, podrá interesarle también a más gente. Eso me gustaría. Pero por otro lado estoy muy ubicado, y soy realista con lo que puede suponer esta película, que por otro lado tiene una distribución mucho más modesta, y un apoyo publicitario y promocional más modesto que Ocho apellidos vascos.

Ramón Barea, como el político ‘Manu Aranguren’

C|: Al final de los créditos haces una mención a Mariví Bilbao. ¿Por qué le dedicas esta película?

B.C.: Su mención, y que la película esté dedicada a ella, se debe a todo nuestro trabajo juntos. En el corto ‘La primera vez’ que fue lo primero que hice, y en ‘Éramos pocos…’, ella era la protagonista; en ‘No controles’ tenía un pequeño papel; en ‘Pagafantas’ iba a salir, pero lo hizo María Asquerino porque Mariví estaba enferma y no pudo hacerlo. Para mí Mariví ha sido como una madre en el Cine. Yo escribía para ella, y ella para mí era como un “Rolls Royce”: cuando escribía para ella, el material se levantaba muchísimo. Su muerte para mí fue como la de un familiar directo. Y ya que la película tenía ese tono personal, gracias también a que en ella volvía a trabajar Ramón Barea, creía que debía estar dedicada a ella. Por supuesto, me habría encantado que hubiese salido también en ésta…

C|: Tienes dos facetas: la de guionista y la de director. Ésta es tu tercera película como realizador, y sin embargo has trabajado en la escritura de más de seis largometrajes… ¿Qué te gusta más, escribir o dirigir?

B.C.: A mí me gusta más dirigir que escribir, porque soy bastante sociable y el hecho de dirigir te lleva siempre a socializar. Ya tienes el plan establecido, que es el guión, y lo ejecutas tratando con actores, con técnicos, … Escribir es más esclavo porque estás en tu casa comiéndote la cabeza. Escribir tiene una parte divertida, pero también una muy sufrida que ser director no tiene. Sin embargo, es algo por otro lado hago muchas veces con Diego San José, con el que he escrito cine y programas de televisión, y tiene esa parte satisfactoria de complicidad. No obstante, como proceso, me divierte más dirigir.

C|: Generalmente el material que escribes suele ser original… ¿Prefieres este tipo de guiones frente a los adaptados?

Cobeaga, en el set de rodaje

B.C.: A mí me gusta escribir con variedad. Siempre escribo comedia, aunque eso no creo que sea una decisión, sino que simplemente me sale así. ¡Una vez me puse a escribir un corto de terror, y quedó comedia! Sin embargo, disfruto de igual manera escribiendo comedias del estilo de ‘Negociador’, más secas, o comedias más alocadas, como ‘Ocho apellidos vascos’, o puntos intermedios como ‘Pagafantas’. Es verdad que cuando una historia es tuya, personal, y se te ha ocurrido a ti, tiene una cosa muy “viva”, porque eso que se te ha ocurrido va a estar en una pantalla, interpretado por unos actores, y la gente lo va a poder ver… Eso tiene algo muy especial. Pero, por ejemplo, en el caso de ‘Negociador’ tuve que investigar mucho, y es una historia original inspirada en unos personajes, por lo que tendría algo de adaptación. Y hay una parte en el proceso que es muy divertida. Una de las razones por las que hice esta película es que muchos amigos míos, guionistas, se documentaban al escribir guiones basados en hechos reales o con referentes en la realidad, y me comentaban que se lo pasaban muy bien.

C|: Estamos de resaca post-Oscars, y tú precisamente estuviste nominado en 2007 a Mejor Cortometraje con ‘Éramos pocos…’ ¿Cómo es Hollywood?

B.C.: Hollywood es muy impresionante. Es muy de plástico, pero también tiene una cosa inquietante de verdad. Ves una familiaridad en que en cinco metros cuadrados haya cuarenta estrellas de Hollywood que resulta bastante llamativa. Por ejemplo, en la fiesta de nominados, que se celebra como un mes antes, y que es bastante distendida e informal, sin toda esa tensión de los premios, ¡Spielberg apareció en chándal! (risas). Y esas cosas impresionan mucho. A lo mejor había venido andando desde su casa, aquí al lado… ¡De hecho! el que ganó el Oscar finalmente en mi categoría, que era angelino, había ido andando al Beverly Hilton, donde era la fiesta… Para mí era todo muy “marciano”. Yo estaba escribiendo ‘Pagafantas’ cuando saltó la noticia. Viajé a Los Ángeles como si me hubiesen extraído de mi casa, teletransportado, y al final de todo te vuelven a teletransportar de vuelta. Y llegas a casa y está la cama sin hacer, la pila de platos en la fregadera… Es como una cápsula de la que sabes que vas a salir, pero muy curiosa mientras estás dentro.

Cobeaga, junto a Spielberg. vía RTVE

 

C|: ¿Y te gustaría trabajar fuera de España…?

B.C.: Sí que me gusta trabajar fuera de España, porque no me fui de Erasmus, y siempre he tenido esa cosa. Pero es verdad que una de las cosas que más me gustan de hacer cine, y lo que más disfruto cuando estoy escribiendo, es dialogar. Como director me siento más seguro con el dialogo en castellano, una lengua que domino. Si tuviera que rodar en inglés, o en otro idioma, sería como renunciar a uno de mis puntos fuertes. Creo que dialogar es lo mejor que hacemos Diego San José y yo, por ejemplo. Y si tuviera que estar dirigiendo una película en inglés, o en francés, y tuviera que tener un traductor a mi lado que me confirmase que todo está bien vocalizado, que se entiende bien, y que tiene sentido, me daría la sensación de que no estoy dirigiendo…

C|: Una pregunta original: ¿Qué pregunta te gustaría que te hiciesen sobre ‘Negociador’?

B.C.: ¡Joder, pues sí! La verdad, es curiosa… ¡Sí! Me gustaría que me hiciesen la siguiente pregunta: “¿por qué crees que una película tan pequeña y tan poco ambiciosa ha batido el récord de taquilla en su primer fin de semana…?” ¡No! ¡No creo que eso vaya a pasar! (risas). Hay una cosa que me gusta responder, que incluso cuando no me lo preguntan la saco a colación, que es: “¿esto ya supone un cambio de estilo? ¿vas a abandonar las comedias locas para seguir este tipo de historias, e incluso ya ir poniéndote en serio poco a poco?” La respuesta es “no”. Porque sí que me gusta mucho cultivar la comedia loca. Y justamente una de las cosas que me parecen maravillosas de, en el mismo año, haber escrito ‘Ocho apellidos vascos’ y haber dirigido ‘Negociador’, es que colma todas mis expectativas de lo que debe ser el cine: que puedas hacer una película pequeña y personal, y que vaya a un festival de cine y se lleve un premio, y por otro lado también una película muy comercial y muy popular. Y si consigo combinar estas dos facetas, estoy cumpliendo un sueño. Puedes llegar al punto de hacerlo con la misma película, como Alberto Rodríguez con ‘La Isla Mínima’, que consigue una película de un acabado artístico estupendo, y encima taquillera. Pero, de momento, si yo puedo combinar estas dos facetas, me siento bastante cómodo.

C|: ¡No dejes nunca de hacer comedia!

B.C.: No, no, yo eso no… Siempre hay preguntas sobre si la comedia se siente infravalorada, y todo eso… Yo creo que quienes hacemos comedia flipamos bastante cuando una idea que se nos ha ocurrido hace no sé cuántos meses, aparece en la pantalla y la gente se ríe. No hay subidón mayor que ése…

C|: En mayo empieza el rodaje de ‘Ocho apellidos vascos 2’, también sabemos que estas trabajando en el guión de ‘Superlópez’ de Javier Ruiz Caldera. Danos alguna primicia de algún proyecto futuro…

B.C.: De momento estamos con eso. Es verdad que estaba escribiendo ‘Superlópez’ junto a Diego San José para Javier Ruiz Caldera, cuando fue el éxito de ‘Ocho apellidos vascos’, y los dientes de los productores se pusieron largos ante la posibilidad de una segunda parte. Todo se interrumpió un poco con la escritura de ‘Ocho apellidos vascos 2’, que ya estamos finiquitando, y ya nos hemos vuelto a poner con ‘Superlópez’, con la expectativa de que se ruede el año que viene. Nos queda mucho trabajo por delante. Tengo que estrenar ‘Negociador’, pulir detalles del guión de ‘Ocho apellidos…’… Yo creo que el 2015 está atado y bien atado, y eso son guiones que escribo, no películas que dirijo. Ni siquiera sé qué película voy a dirigir a continuación…

 

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Foxcatcher: 2 + 5 = 7…

por Alejandro Aramendía (@alejandro_arame)

Estoy empezando a cogerle cierto paquete a los biopics.

Lo sé. Todo el mundo del Cine lo sabe. Últimamente, no hay un camino más sencillo (dentro de su ardua complejidad…) para que te den un Oscar como actor, que interpretar un personaje dramático basado en una persona real, existente, y generalmente, cercana en el tiempo y el espacio (tanto material como digital, pues hoy en día cualquiera puede teclear en Google “Jordan Belfort” y conocer la historia del verdadero “lobo de Wall Street”…).

¿Me equivoco? Echemos la vista atrás:

Año 2005. Jamie Foxx protagoniza Ray (Taylor Hackford), dando vida al emblemático músico Ray Charles. Se lleva el Oscar.

Año 2006. Philip S. Hoffman, que en paz descanse, se lleva el premio por interpretar a Truman Capote, bajo la dirección de Bennett Miller, a quien en breve haremos una visita.

Año 2009. Sean Penn se lo lleva por retratar al primer congresista gay de los EEUU, Harvey Milk.

Año 2011. Colin Firth gana la estatuilla dorada dando vida al rey Jorge IV.

Año 2013. Daniel Day Lewis hace de Abraham Lincoln, y se lleva el Oscar a Mejor actor.

Año 2014. Matt McCounaghey se disfraza de Ron Woodroof, famoso seropositivo que fundó el ‘Club de compradores de Dallas’ como medio para conseguir una cura alternativa para su enfermedad. Premio.

Tatum, como ‘Mark Schultz’; Carell, como ‘John DuPont’

¿Y ellas? Meryl Streep como Margareth Thatcher; Marion Cotillard como Edith Piaf; Helen Mirren como Isabel II de Inglaterra… Y ni siquiera nos hemos parado a considerar los premios de reparto.

Los biopics generan Oscars para sus intérpretes, y esto es un hecho. Pero, ¿qué sacrifican a cambio? Su genialidad. Nunca un biopic llega a ser una película redonda, de la talla de una obra maestra, y con el calado de un icono de culto. Los biopics generan estrellas en Boulevard y Vine Street, no joyas para el Archivo Nacional del Congreso.

Por eso los biopics nunca llegan a enamorarme. Por eso les estoy empezando a coger cierto paquete.

Y que nadie me malinterprete. Las películas biográficas de primer nivel (excluyo secundarias del estilo Jobs (J.M. Stern, 2013), Amelia (Mira Nair, 2009), …) generalmente son buenas. Pero nunca llegan a ser excelentes. Siempre, de ocho sobre diez. Y por ello estoy empezando a condenarlas al prejuicio.

A la dcha.: Mark Ruffalo, como ‘Dave Schultz’

Esta temporada cinematográfica, cuyos meses fuertes llegan con el frío y los premios, ha venido bastante cargada de este tipo de largometrajes. Hace nada vimos La Teoría del Todo, y mi compañera Andrea Zabalza comentaba algo similar a lo que yo acabo de exponer. Ahora, con Foxcatcher, la sensación está empezando a ser repetitiva.

Hablemos de ella.

El guión de la película que dirige Bennett Miller se asienta sobre la historia real de dos competidores de lucha olímpica, los hermanos Schultz, y su relación con un magnate de la industria química, filántropo en su extenso tiempo libre, llamado John E. DuPont. El punto de partida del largometraje se establece cuando el tercero, amante del deporte que practican los anteriores, decide financiar la carrera del hermano pequeño, Mark Schultz, invitándole a vivir en su extensa finca, y formar parte de su equipo de lucha: el equipo Foxcatcher.

Más allá de los problemas de equilibrio del propio guión, demasiado extenso a la hora de presentarnos a los personajes, e increíblemente escueto a la hora de desarrollar el nudo más llamativo de la trama, el principal obstáculo que encuentro es la lentitud del film. Cierto es que estamos ante una película dramática, pero el director Bennett Miller ha dotado a su obra de un tono gris, lento y pesado, consonante con el que le ha dado su director de fotografía, Graig Fraser. Este efecto se genera en gran parte debido a una constante ausencia de música durante un número considerable de escenas. ¿De verdad era necesario teñir tanto la película…? Sus dos horas y cuarto de duración, además, no ayudan…

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Es precisamente en este punto donde el realizador ha metido la pata, de la misma forma que en aquella Moneyball del año 2011. La película se queda vacía, y acaba siendo demasiado simple. No importa cuán bonitas y estilizadas se rotulen las cifras, si al final lo que van a exponernos es ‘2 + 5 = 7’. La simplicidad ahuyenta el interés, y más aún, si la primera cifra y el símbolo operatorio ocupan dos veces la extensión del resto de la operación.

Eso sí. Hay que reconocer que la escritura es exquisita. El habitualmente cómico Steve Carell nos brinda la que por el momento es la interpretación de su carrera. Su gesto rígido y turbador a la hora de interpretar a John DuPont, junto con algunos detalles en su voz que por desgracia no podemos apreciar en la versión doblada al castellano, le han valido una merecida nominación al Oscar. Es lo mejor sin duda de la película. El premio para él estaría asegurado, de no ser por lo reñida que está la categoría este año.

Por detrás de Carell aparece Mark Ruffalo, que eclipsa, aunque tenga la mitad de escenas, a Channing Tatum, ambos interpretando a los hermanos Dave y Mark Schultz, de forma respectiva. Su soberbia actuación no tendría por qué extrañar a nadie, pero siempre sorprende ver un chorro de calidad en pantalla. Y se agradece. Tatum no está mal, de hecho, pero parece un colegial torpe al lado de un alumno que le aventaja en talento y experiencia.

El resto del reparto es un mero figurante, aunque podríamos destacar positivamente a Guy Boyd, que interpreta a Henry, el abogado de la familia DuPont. Su presencia en pantalla y su naturalidad son abrumadoras.

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En la parte más técnica del largometraje, destaca una buena ambientación, con vestuario, maquillaje y atrezzo bastante bien diseñados para la película (la escena en la que Tatum aparece con los icónicos vaqueros claros de principios de los 90’s, y unas mechas rubias, nos lleva de un salto a aquellos años…), así como una banda sonora que cuando aparece, aunque lo haga en muy pocas ocasiones, hace que la pantalla resuene y se oscurezca aún más (si es lo que el director quería, lo consigue).

No obstante, la película no llega ni de lejos a rozar la excelencia aunque sus intérpretes lo hagan, a interesar al espectador de una forma que atrape, ni a impactar visual o emocionalmente al que la observa. La sensación vuelve a ser la misma. Un par de estrellas más en la acera, y una película más al trastero…

– Lo Mejor: La interpretación de Steve Carell.

– Lo Peor: El Oscar se lo va a llevar Eddie Redmayne.

Corazones de acero: Pintando con sangre…

por Alejandro Aramendía (@alejandro_arame)

Nunca he sentido especial atracción por el arte pictórico. Siempre he creído que no tengo el gusto (o la inteligencia) necesarios para analizar un cuadro o una pintura, por el que acaban pagándose verdaderas fortunas, sobretodo, y esto creo que nos pasa a la mayoría, si pertenece a lo que actualmente se denomina “Arte Moderno”. Esto tal vez sea porque, prácticamente, nunca un cuadro ha llegado a hacerme experimentar algún tipo de emoción o sentimiento. Me pasó con Dalí. Una vez. La metamorfosis de Narciso. Que nadie me pregunte por qué.

Sin embargo, me encantan las obras de arte cinematográfico que parecen verdaderos cuadros. Son cintas que, valiéndose de la historia que relatan, nos describen de forma impactante una situación, una escena. El argumento pasa a un nivel secundario. El contexto es lo que prima.

El ‘Fury’, junto a sus 5 tripulantes: Biblia, Norman, Chacal, Gordo, y Grady

Esto precisamente es Corazones de acero (la nueva travesura del delegado de títulos de Columbia Pictures España, que juzgó poco adecuado el título original ‘Fury’…).

Corazones de acero nos presenta un cuadro bruto, crudo, y áspero de lo que fue la 2ª Guerra Mundial, y lo que es, por extensión, un escenario de guerra. El argumento es la historia del sargento Don Collier, apodado ‘Chacal’ por el equipo bajo su mando, junto al que gobierna un tanque de guerra americano (el Fury) sumergido en los últimos compases de la guerra contra los nazis, en la Alemania del segundo trimestre de 1945. Las últimas batallas han dejado una vacante dentro de su unidad, que será ocupada por Norman Ellison, un joven soldado poco acostumbrado al barro de la batalla.

De izda. a drcha.: Biblia (LaBeouf), Gordo (Peña), Norman (Lerman), y Grady (Bernthal)

El guión es una genialidad. Con poco diálogo, da sin duda preferencia a la descripción, con escenas que nos muestran escenarios horrorosos, con una crudeza salvaje, un realismo nauseabundo, y una brutalidad a la que pocos estamos acostumbrados en nuestro cómodo sofá occidental. Boyd Swan, al que apodan Biblia por su obsesión religiosa, le advierte con estas palabras a su recién añadido compañero Norman: “Espera a ver de lo que es capaz el Hombre”. Esta frase podría ser el título del cuadro que nos pinta el director y guionista, David Ayer. Pero no todo de lo que es capaz el Hombre es negativo, o moralmente bajo. También hay lugar para los valores encumbrados. También hay luz entre la oscuridad que arroja el humo de la pólvora quemada. Además, la ausencia de maniqueísmo en la película es uno de los puntos más fuertes del guión. Aquí no hay buenos ni malos. Solo personas en guerra.

Plasmar todo eso en la pantalla con la fuerza con la que lo ha hecho el propio Ayer no es nada fácil, máxime si podemos contar las escenas de acción con los dedos de una mano. Se nota, y mucho, que el director pertenece a esa raza de cineastas que, como Tarantino, crecen a base de vender guiones (David Ayer es responsable del guión de, entre otras, la oscarizada Training Day (Antoine Fuqua, 2001)), y que se convierten en el “Juan Palomo” del mundo del Cine: yo me imagino la película, y yo la hago realidad.

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Curiosamente, también como Tarantino, el director ha tenido la diestra habilidad de exprimir a sus actores. Si el guión es el boceto del cuadro, la imperceptible línea que sirve de estructura, la pintura son sin duda las actuaciones de su reparto, que Ayer consigue elevar a una cota altísima.

Brad Pitt es el encargado de dar vida a Chacal. El actor, maltratado a lo largo de la historia, aquejado de esta maldición de la que os he hablado muchas veces que tienen los actores guapos que se convierten en ídolos de carpeta, está, una vez más, soberbio. Transmite con precisión y calidad la complicada personalidad del protagonista, en un papel comedido y pausado. Me da pena ver cómo uno de los mejores actores del mundo va camino de retirarse sin un Oscar (como actor, pues ya tiene uno como productor).

No obstante, Brad Pitt está justo por debajo de la que yo creo que es la mejor actuación de la película, que es la que da vida al personaje Grady Travis. El actor Jon Bernthal, al que consideré sin dudarlo lo mejor de aquella pasable El Mensajero (Ric Roman Waugh, 2013), y que también ha estado a la altura de grandes producciones como El escritor (Roman Polanski, 2010) o El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013), empieza ya a ser un secundario a tener en cuenta. Se ha hecho su hueco en la industria a base de grandes pequeñas actuaciones. No me extrañaría que algún día este chico ganase un Oscar. Tiene talento y trabaja bien.

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A la sombra de estas dos figuras, se encuentran los actores Shia LaBeouf, que da vida a Biblia, y Logan Lerman, que se mete en la piel del joven Norman. El primero está bien, pero no tan bien como en el videoclip que recientemente ha grabado para una no tan nueva canción de la cantante Sia, titulada ‘Elastic Heart’, que pudimos escuchar como pieza de la banda sonora de Los Juegos del Hambre: En llamas (Francis Lawrence, 2013). Lo de la música está muy bien, pero si yo fuese él, echaría el resto en la industria que me da de comer.

El segundo, sin embargo, me ha sorprendido gratamente. Alejado de papeles insípidos como los que interpreta como protagonista de la saga Percy Jackson o en Los tres mosqueteros (Paul W. S. Anderson, 2011), y más cerca de buenos trabajos como el que nos brindó en Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012), se mete de lleno en su papel, y nos lo muestra de una forma muy convincente.

El quinto integrante de la unidad, Gordo, interpretado por Michael Peña, pasa totalmente desapercibido, algo que no dice mucho del actor, al que el guión tampoco le ofrece demasiadas posibilidades.

Con un guión que facilita las cosas para que el reparto dé sus frutos, el trabajo de montaje, fotografía y el departamento sonoro hacen el resto. Principalmente, éste último, que a escasas horas de conocer las nominaciones a los premios de la Academia de Artes Cinematográficas Americana, se perfila como el único capaz, para mí, de competir este año con Interstellar (Christopher Nolan, 2014) para llevarse la famosa estatuilla dorada en las categorías de Mejor sonido y Mejor mezcla de sonido.

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La banda sonora de Steven Price es también uno de los buenos puntos que dan los últimos retoques con pincel fino a esta obra de arte que David Ayer ha conseguido producir de la nada, y que se sitúa dentro de mi Top 10 de las mejores películas bélicas de los últimos 50 años, codeándose con verdaderas joyas del género como Salvar al soldado Ryan, La delgada línea roja, o Platoon.

El director ya se encuentra produciendo su próximo trabajo. Se titulará Suicide Squad, y contará con figuras de primer nivel como Will Smith, Jared Leto o Tom Hardy.

Esperen a ver de lo que es capaz un buen cineasta…

– Lo Mejor: El trabajo de David Ayer, tanto en guión como en dirección, y el producto general que se obtiene como resultado.

– Lo Peor: Pertenece a un género que cotiza a la baja. Eso le cerrará muchas puertas.

Interstellar: Rompiendo los límites espacio-temporales del Cine…

por Alejandro Aramendía (@alejandro_arame)

Hablemos de Ciencia y Humanidad. Hablemos de guerra y equilibrio; de simetría y genialidad.

El Universo tiene una tendencia natural por los estados o niveles de energía más bajos, aumentando su entropía o “nivel interno de desorden”. El ser humano, como ser vivo, tiende precisamente a lo contrario, acumulando estructuras complejas en su interior, en altos estados energéticos, y con un orden complejo, a costa del propio Universo.

Ante la maravilla de la complejidad, el Universo siempre propone una simetría. Lo hace a nivel particular, molecular, macroscópico, y de sistemas. Y también a nivel espiritual. Y ante esto, surgen las grandes dualidades. El yin y el yang. El Bien y el Mal. Arriba y abajo. Inerte y viviente. Ciencias y Letras. Solo o acompañado. Demócratas y Republicanos. Messi y Cristiano.

El agujero negro “Gargantúa”, pieza central de la trama

El Universo ha propuesto una nueva dicotomía, ante la explosión de talento de un nuevo relevo de directores de cine, en el cuerpo de dos figuras que se establecen como su referencia a nivel mundial: David Fincher y Christopher Nolan.

Son la Nueva Generación. Atrás quedan las viejas glorias, historia viva del Cine, como Scorsese, Spielberg, o Allen. Una nueva hornada de cineastas está ahora mismo en la cúspide del Cine a nivel mundial. Como decía Peppy Miller en The Artist: “¡Abran paso a los jóvenes!”

No hablo de número de espectadores seducidos, obviamente. Si de esto se tratase, James Cameron sería una deidad. Hablo de calidad, hablo de elevar el Cine a un peldaño superior; a vencer el límite, e ir un poco más allá. Fincher y Nolan son, hoy por hoy, los dos mejores directores del mundo. Su estado de forma es el mejor. Están, como se dice cuando se habla de boxeadores, en su prime, en su momento álgido. Y la prueba de ello es que, cada vez que uno se introduce en la sala a ver la nueva pieza de uno de estos dos directores, teme que lo que va a ver sea la obra cumbre del realizador.

La “rivalidad” entre ellos surge a causa de dos motivos: ambos coinciden en el tiempo, y ambos poseen estilos totalmente diferentes. Mientras que Fincher es pura literatura en pantalla, y pone la mayor carga de peso en la calidad de sus guiones (generalmente, adaptados), Nolan es puro impacto, fuerza, y carácter onírico en sus guiones originales.

Los dos son magia. Los dos son Cine. Los dos son los mejores actualmente.

Joseph Cooper (McConaughey), junto a sus hijos Tom (Timothée Chalamet) y Murph (Mackenzie Foy)

Este año, la batalla ha sido Perdida vs Interstellar. Mi compañero Carlos Montes habló de la primera en su crítica Gone Girl (Perdida): Atmósfera Fincher. Yo hoy les hablaré de Interstellar.

La novena película de Christopher Nolan (Perdida es la décima de Fincher…) vuelve al género de la ciencia-ficción, el favorito del cineasta.

El director de Memento (2000), la saga Batman Begins (2005-2012), u Origen (2010), nos trae un relato escrito a medias junto a su hermano Jonathan Nolan, plasmado en un guión de infarto, que a su vez se traduce en una película de 169 minutos (lean otra vez la duración…) que nos cuenta la historia de Joseph A. Cooper, un experimentado ingeniero aeronáutico y piloto de naves espaciales, reconvertido en granjero, que sobrevive tras la muerte de su esposa en una Tierra hostil y condenada a la destrucción. A través de su inquieta hija, Murph, el ingeniero retoma contacto con la NASA, y se pone al corriente de un plan extremo que tiene por objetivo la salvación de la humanidad mediante la búsqueda de un planeta alternativo. Cooper se embarcará, junto a otros 3 tripulantes, en un viaje por el vasto espacio y los límites de la Física, a la caza de varios posibles planetas habitables.

El guión tiene, para mí, dos puntos excelentes, de tal manera que, además, el primero arregla las posibles implicaciones negativas del segundo.

En primer lugar, el guión es dinámico, interesante, con un ritmo soberbio, y un equilibrio entre acción y secuencia descriptiva casi magistral (únicamente en un punto en el primer tercio de película este equilibrio se descuadra, lamentándose el sacrificio de algo más de explicación, en favor de tanto frenesí…). Posee unas partes bien marcadas, y mezcla drama, humor y suspense en la medida justa. Si bien yo habría cortado antes la película al final, pegando un tijeretazo “a lo Origen”, el final no es ni mucho menos gratuito. El propio Carlos Montes reflexionó lo siguiente acerca de este asunto: “si hubiera finalizado la película de esa forma, Nolan habría montado Origen 2“. Creo que tiene razón.

Jessica Chastain, como “Murph”

El segundo punto que me parece excelente es la tremenda inmersión de Nolan en el campo de la Astrofísica. Su película contaba con Kip Thorne (físico teórico, ex-catedrático del prestigioso CalTech) como asesor de referencia en este campo, y sin duda han sabido aprovechar su aporte para introducir verdaderas perlas del campo de la física gravitacional, como el efecto relativista de la dilatación temporal en campos de alta intensidad gravitatoria, los fenómenos que experimenta la luz en las cercanías de un agujero negro, o la inclusión del movimiento de búsqueda de nuevos planetas habitables, tan de moda en estos años con el descubrimiento real de posibles ejemplares en estrellas como Gliese-581G, u otros similares. Nolan ha buceado profundo a nivel de detalles en este sentido, y si no fuese por el ritmo y la capacidad de transmitir emoción mencionados en el anterior punto, estoy seguro de que al público en general tanto dato complicado se le podría hacer pesado. No obstante, a alguien que viene del ramo, como a mí, estos destellos le arrebatarán el sentido.

El guión es un punto fuerte, pero el más fuerte sin duda, y sobre el que se asienta el enorme impacto visual de la película, es el apartado técnico. La película es técnicamente PERFECTA. Han leído bien.

En primer lugar, la dirección artística de la película, producida por Syncope, y gestionada por un trío formado por Nathan Crawley (diseño de producción), Kendelle Elliot (dirección artística), y Hoyte Von Hoytema (dirección de cinematografía y fotografía), es abrumadora. No se ha escatimado en recursos para reproducir con extrema autenticidad un mundo sacado de la onírica de Nolan. Han creado un todo de la nada, y lo han creado con un realismo inverosímil. Es magia líquida. Cine.

En segundo lugar, destaca el trabajo genial desarrollado por el departamento de sonido y el departamento de efectos visuales. Si esta película no recibe una nominación al Oscar en este apartado, pueden cancelar la ceremonia.

Parte de la tripulación de la nave “Endurance”, con la Dra. Brand (Anne Hathaway) en el centro

Por último, el alma de la película es, sin duda, su banda sonora. Hans Zimmer ha compuesto una partitura que por momentos me recordó a la que Clint Mansell grabó para Noé (D. Aronofsky, 2014). Ambas son épicas, y me encantan.

Más allá del apartado técnico-artístico de la película, se encuentran sus actuaciones. Puede que aquí encontremos una de cal y otra de arena.

Nolan sin duda escogió con muy buen tino a Matthew McConaughey para el papel del ingeniero Joseph Cooper. Su actuación es la mejor de todo el reparto, y deja detalles de talla mundial. La escena en la que recibe, con “algo de retraso”, una serie de videomensajes procedentes de la Tierra, lo pone, a mi juicio, en la carrera por el Oscar. Está soberbio.

Junto a él aparece, la mayoría del tiempo, una no tan acertada Anne Hathaway, como la Dra. Brand. Su interpretación está bien, pero ya está. No transmite todo lo que podría en un papel que se lo permite. Después de lo que vi en Los Miserables (Tom Hooper, 2012), me sabe a poco.

Es en el papel de la hija de Joseph, Murph Cooper, donde se emplaza la segunda mejor actuación de la cinta, y además viene multiplicada por dos: Mackenzie Foy es Murph en su juventud, y va camino de convertirse en una gran actriz, después de una muy buena interpretación; Jessica Chastain es Murph en su etapa adulta, y vuelve a demostrarnos su gran talento una vez más.

En los secundarios aparecen figuras geniales, como Casey Affleck (Tom Cooper en la cinta, que sigue estando muy por encima de su hermano Ben cuando de ponerse frente a la cámara se trata…), Michael Caine (haciendo del Profesor Brand, y continuando con su ya larga y productiva colaboración con Christopher Nolan…), o Topher Grace (un secundario, casi “terciario”, bastante versátil, y que suele cumplir…). Sin embargo, no todas ellas están en su mejor punto, como en el caso de Matt Damon, que desentona un poco a la hora de interpretar al Dr. Mann. Nada grave.

Más allá de lo que supone una gran película como Interstellar, buena en cuanto a calidad objetiva, se sitúa lo que supone Interstellar para el género y la historia del Cine. Esta película se convertirá, al tiempo, en una película de culto, en un icono del género de ciencia-ficción, en una nueva obra maestra del Cine de principios del siglo XXI. De esta película se hablará. De este director se hablará. Y nosotros no podemos hacer otra cosa diferente a agradecer la suerte que tenemos de poder disfrutar de directores como Nolan, Fincher, Tarantino, Aronofsky, Villeneuve, Winding Refn, o Dominik, del mismo modo que envidiamos la que tuvieron aquellos que en su día pudieron disfrutar del cine de Hitchcock, o Kubrick.

¿Saben quién ha ganado esta batalla entre David Fincher y Christopher Nolan? Nosotros, como espectadores…

– Lo Mejor: El impacto que produce la película sobre el espectador, que queda inmóvil durante sus casi tres horas de duración.

– Lo Peor: Algunas actuaciones están por debajo de su potencial, mientras que su nivel de detalle científico puede despistar al espectador poco interesado en esta temática.

El Hombre Más Buscado: verdadera Inteligencia a la hora de hacer Cine…

por Alejandro Aramendía (@alejandro_arame)

Ésta es la imagen.

Un hombre se refugia impenetrable tras un rostro cotidiano. Observa, atento, aunque no lo parece. Se mantiene cerca del marco de la imagen, lejos del centro, pasando desapercibido, aunque en realidad es el protagonista de la escena. Él domina el espacio, sin que se note. Sus objetivos no reparan en su acción, pero él, camuflado, obtiene de ellos lo que desea. Igual que llegó, se ha esfumado, entre un denso trasfondo.

Es un espía. Un espía de verdad.

Philip Seymour Hoffman, como ‘Günter Bachmann’

Existen muchísimas películas sobre agentes secretos y tramas de inteligencia. Pero son pocas, muy pocas, las que reflejan con fidelidad este mundo tan oscuro y velado, a menudo más lleno de estrategia política y estrés psicológico, que de disparos y explosiones a lomos de un descapotable. Algunas de ellas son tan veteranas como Operación Cicerón (J. L. Mankiewicz, 1952) o Los tres días del Cóndor (Sydney Pollack, 1975), y otras son más recientes, como Spy Game (Tony Scott, 2001), El buen pastor (Robert De Niro, 2006) o incluso El jardinero fiel (Fernando Meirelles, 2005).

El ya comentado factor psicológico, y la complicada moralidad de sus personajes, son algunas de las señas de identidad de este tipo de historias que nos cuentan la vida de aquellos que hacen el mal para hacer el bien.

El Hombre Más Buscado es una de ellas.

Anton Corbijn no es nuevo en esto. El que es uno de los mayores retratistas musicales de los últimos años, y que ha trabajado plasmando en imagen la música de grupos de la talla de Depeche Mode y U2, ya visitó el género con su controvertida El americano (2010). Trató la trama con la misma tranquilidad con la que trata la película que someto a análisis en estas líneas. ¿Tranquilidad? Más bien solemnidad. Calma. Quietud. Su estilo me recuerda a esas tardes de verano en las que el aire se mantiene quieto y espeso. Y sin embargo, está tenso. Muy tenso. Hasta el punto de que, por momentos, una película que apenas tiene acción consiguió acelerar mi pulso cardíaco literalmente.

‘Issa Karpov’ y ‘Annabel Richter’

Corbijn me ha demostrado con sus dos últimos largometrajes (El Hombre Más Buscado es el tercero de su carrera…) que maneja el suspense y el thriller a primer nivel.

Tengo que reconocer que trabajaba sobre una buena base. El libreto original se basa en la novela homónima de John Le Carré, que junto al guionista Andrew Bovell (su escritura más conocida es tal vez Al límite (Martin Campbell, 2010)), han conseguido crear un guión equilibrado y eficiente, interesante, y de muy buena calidad.

La historia nos habla de Günther Bachmann, un oficial de inteligencia alemán que desarrolla su actividad en Hamburgo, ciudad portuaria altamente vigilada por los servicios de inteligencia internacionales desde el atentado del 11-S. Él y su equipo trabajan en la detección de células islamistas, y están centrados en conseguir pruebas para detener a un posible financiero del terrorismo. En el proceso, aparecerá un extraño personaje, Issa Karpov, un inmigrante checheno de escasos recursos y delicada situación psicológica que se introduce en Alemania en busca de la ayuda de un rico banquero relacionado con el crimen organizado. Estos ingredientes hacen saltar todas las alarmas, y los servicios de inteligencia alemanes y estadounidenses comenzarán a trabajar a fondo para esclarecer la situación, y de paso, conducirla hacia nuevos puntos de los que puedan beneficiarse, con el fin de hacer del mundo “un lugar más seguro”…

Hasta aquí, la película tendría el aprobado asegurado, con el trabajo de producción, dirección y guión, pusiésemos las actuaciones que pusiésemos. “Pero, ¿por qué no dar un paso más hacia la excelencia?” debió de pensar el bueno de Corbijn y sus mecenas de The Ink Factory y Film4. Ese paso tiene un nombre propio: Philip Seymour Hoffman.

Robin Wright, como la agente de la CIA ‘Martha Sullivan’

El fallecido intérprete, al que todos los amantes del Cine mantendremos en nuestro recuerdo como uno de los mejores y más versátiles actores de su generación, realiza en esta, una de sus últimas interpretaciones, un trabajo extraordinario. Dando vida a Günter Bachmann, nos muestra su faceta más oscura, la de un espía aquejado de alcoholismo, melancolía, frialdad, y desdicha. Es un perdedor inmerecido, un hombre lleno de talento caído en desgracia. Un genio marginado. Sublime.

Al principal, le acompaña un elenco de personajes de reparto que no empeora el nivel, si bien tampoco lo alcanza.

El personaje de Issa Karpov recae sobre los hombros de Grigoriy Dobrygin, un actor poco conocido, que acusa el hecho de estar rodeado de grandes figuras. Él está bien, y los demás, mejor. Las escenas en las que el actor trabaja más intensamente son aquellas en las que se mezcla con Rachel McAdams, que representa a la abogada Annabel Richter. Este personaje accede a ayudar a Issa sobre suelo alemán, lo que le llevará a involucrarse en la trama. Gran trabajo de la actriz, algo fría en algunos momentos.

El rico banquero es Tommy Brue, y posee las facciones de Willem Dafoe. El veterano intérprete realiza una labor impoluta, aunque su fallo es tener tanta presencia en pantalla. Un papel de perfil bajo no le pega.

A la drcha., Nina Hoss como ‘Irna Frey’

Tal vez el personaje secundario que más me gustó fue el de Nina Hoss, que da vida a la espía Irna Frey. Deja detalles magníficos. Es capaz de mostrar una profundidad enorme con apenas cuatro gestos, y de añadir varios puntos a la escena solo con su estudiada presencia. Qué buen trabajo.

Por otro lado, Daniel Brühl como el agente Maximilian se mantiene en un plano demasiado marginal. Me habría gustado verle intervenir más. Con Robin Wright como la agente de la CIA, Martha Sullivan, pasa un poco lo mismo, aunque ella no pasa tan desapercibida.

Todo el reparto trabaja hilado de una forma muy bien coreografiada, al nivel que marca el guión, elevando la calidad de la cinta en el sector interpretativo.

A nivel de producción, no destacan tanto los efectos, ni de sonido ni visuales, pues todo se basa en la buena mano del director sobre la cámara. La cinematografía es la adecuada, mostrándonos ambientes urbanos sumidos en la vorágine social bajo la que se desarrolla la actividad de espionaje. La música me pareció muy adecuada, con una banda sonora que corre a cargo de un desconocido para mí Herbert Grönemeyer.

Willem Dafoe y P. S. Hoffman, en sus respectivos papeles

El Hombre Más Buscado es una película de notable alto que prepara al espectador de cara a los próximos meses que se avecinan, y tal vez uno de los mejores thrillers de espionaje de los últimos años. De ese espionaje: el espionaje de verdad.

– Lo Mejor: El trabajo de Anton Corbijn y la actuación de Philip Seymour Hoffman.

– Lo Peor: El guión encorseta demasiado a algunos de los secundarios, que deben ceñirse a representar a los personajes de la novela de Le Carré.

Marlon Brando: 10 años sin ‘El Padrino’ de la Actuación.

Nacido en Omaha (Nebraska) el 3 de abril de 1924, no era de extrañar que a Marlon Brando le entrara por las venas las ganas de actuar, ya que su padre era un conocido productor y su madre una actriz de teatro que le servía de inspiración, tanto como las personas adultas a las que el pequeño Brando observaba y cuyos gestos imitaba sin parar de día y de noche. Una vez finalizada su formación escolar empezó a trabajar en pequeños teatros locales hasta que consiguió un papel en Broadway en la obra de teatro I Remember Mamma en 1944. Le siguieron varias obras teatrales hasta convertir al gran Marlon Brando en un actor en el que fijar la mirada cuando alguien quiere aprender esta profesión…

Brando, en su famoso papel de ‘Vito Corleone’, en la película ‘El Padrino’

A lo largo de la historia del cine ha habido grandísimos actores, James Stewart, Cary Grant, John Wayne, Clark Gable, Burt Lancaster, Charles Chaplin, Kirk Douglas, Gary Cooper, Jack Lemmon, Tony Curtis, Charlton Heston… podríamos seguir así hasta nuestros tiempos en una lista que sería inacabable. Pero hay un actor que siempre ha estado en boca de todos a la hora de tomarlo como referencia en cuanto a interpretación se refiere, y ése es Marlon Brando. Ya sea por su enorme personalidad, por su marcado carácter, por la elegancia, por el enorme talento que poseía, por su imponente presencia o porque tenía todas estas características a la vez cuando actuaba. Por supuesto, los demás actores citados arriba aunaban estas características, no es una cuestión de comparaciones, o de decir quién era mejor que el otro, porque han sido actores maravillosos; pero era Brando el que dotaba a sus personajes de todos estos adjetivos de manera conjunta en todas y cada una de sus magníficas actuaciones. No hay más que ver su filmografía.

Brando, junto a Jean Simmons, en la película ‘Ellos y ellas’

Convertido en actor de teatro en los años 40 y en actor de cine en los años 50, Brando empezó a ser conocido al ponerse a las ordenes de grandes directores de la industria de Hollywood, como Elia Kazan, que lo eligió para representar un papel en la obra teatral ‘Un Tranvía Llamado Deseo’, donde tanto críticos como público quedaron absolutamente entregados ante la interpretación del actor. Años más tarde, este mismo trabajo lo llevó a cabo en la película del mismo título y con el mismo director, en la que era la segunda vez que el actor se ponía delante de las cámaras cinematográficamente hablando (la primera fue The Men), suponiendo su primera nominación al Oscar. Este dato habla bien a las claras del talento y de la estrella en ciernes que el Cine estaba viendo nacer.

En ‘Superman’

Hombre de un marcado carácter, a Marlon Brando se le atribuyen varias de las anécdotas, frases y curiosidades que siguen siendo la comidilla en el Hollywood actual, como la negativa de ir a recoger su Oscar enviando en su lugar a una mujer de origen indio que manifestó su enfado por cómo trataban a su pueblo las películas Hollywoodienses, o las famosas frases del interprete diciendo: “Un actor es una persona que no te escucha a menos que estés hablando de él”; “actuar es la expresión de un impulso neurótico, es la vida de un vagabundo”; “Chaplin es un hombre cuyo talento es para sorprenderse, es un genio, un genio del cine, un hombre con un talento para la comedia sin igual”; o “no me interesan los negocios, podría haber sido multimillonario pero habría tenido que ser otra persona, y no lo soy”. Quizás, leyendo entre líneas, sea posible descubrir de dónde sacaba toda esa maestría el gran M. Brando.

Desde luego que uno siempre tiene algo que destacar sobre las actuaciones de un hombre de esta talla interpretativa; me pasó no hace mucho revisando una de sus películas, concretamente, La Ley del Silencio, por la que el actor ganó su primera estatuilla dorada, y es que su papel agrupa una ternura, credibilidad, fuerza y poder que hace que se disfrute más de su calidad como intérprete en posteriores visionados, viendo así puntos y detalles que se escapaban al primer visionado. ¡Haced la prueba!

Como en todas las estrellas de cine, la carrera del actor tuvo su decadencia. En Brando se manifestó con una tendencia a la obesidad y a un aspecto ermitaño que le hacía estar casi irreconocible. Tanto, que los productores y directores dejaron de interesarse por él, hasta que a base de su insistencia y de hacerse cargo de su propio maquillaje, el actor convenció a Francis Ford Coppola de que era el la persona ideal para el papel de Vito Corleone, por la que obtuvo su segundo Oscar, en la película El Padrino. ¡Otra muestra más de que Brando era un actor con una personalidad diferente al resto! Además estuvo nominado por ¡Viva Zapata! (1952), Julio César (1953), Sayonara (1957), El Último Tango en París (1973) y Una Árida Estación Blanca (1989). Todas las nominaciones a la estatuilla dorada fueron a Mejor Actor, exceptuando la de 1989 que fue a Mejor Actor Secundario. También ganó el Globo de Oro por La Ley del Silencio y El Padrino, los BAFTA de Mejor Actor por ¡Viva Zapata!, Julio César y La Ley del Silencio, y el Premio a la mejor interpretación masculina en el Festival de Cannes, que también lo ganó en 1952 con ¡Viva Zapata!.

Brando, durante el rodaje de ‘Un tranvía llamado deseo’

En la película de Richard Donner de 1978, Superman, el actor cobró 4 millones de dólares por un papel que duraba diez minutos. Aparte de esta breve y jugosa gran interpretación, el talento de Brando se vió en cintas como Ellos y Ellas (1955), El Rostro Impenetrable (1961, dirigida por él), Rebelión a Bordo (1962), La Jauría Humana (1966), Apocalypse Now (1979), y muchas otras más. En sus últimas apariciones en la gran pantalla, films como Don Juan de Marco, El Novato, y Un Golpe Maestro (última película del actor) consiguen tener una buena publicidad gracias a la presencia de Marlon Brando.

Fue un referente mundial de la interpretación tanto para las antiguas, como para las actuales, y seguramente para las futuras generaciones de actores. Un hombre que se nos fue el 1 de julio de 2004, dejándonos su legado un día como hoy de hace 10 años: ¡ser el Padrino de la actuación!

Trascendence: me viene a la mente Christopher Nolan…

por Alejandro Aramendía (@alejandro_arame)

“¿Es que no se te pegó nada de Nolan?”

Esa pregunta me asalta demasiado a menudo. Demasiadas veces. Con demasiados directores que parecen hacer oídos sordos a la gracia cinematográfica del que considero uno de los mejores de lo que a menudo llamo “la nueva generación”.

Me surgió cuando Zack Snyder, un realizador que ganó cierto prestigio tras haber dirigido las atrevidas 300 (2006), Watchmen (2009) y La leyenda de los guardianes de Ga’Hoole (2012), la pifió a la hora de adaptar el mito de Superman en su decepcionante El hombre de acero (2013), aún contando con el apoyo inversor de Christopher Nolan.

Will (Johnny Depp) conectado a la computadora con la que pretende ‘trascender’

Me vuelve a surgir de nuevo, después de ver la opera prima de Wally Pfister, el director de cinematografía y fotografía de muchas de las mejores películas del potente cineasta mencionado en el primer renglón. Memento (2000), la saga Batman Begins, El truco final (2006), Origen (2010), que le dió el Oscar… ¿No ha trabajado lo suficiente Wally Pfister junto a Nolan como para aprender a confeccionar una buena película de ciencia-ficción? La respuesta, evidente al terminar de ver Trascendence, es “no”.

Ambientada en un futuro cercano, el guión trata de transmitirnos la historia de Will Caster, un científico experto en Inteligencia Artificial, que prepara un avance revolucionario: una computadora capaz de establecer un comportamiento inteligente autónomo, PINN. Su trabajo no solo le reporta una enorme fama, sino también detractores: en medio de una presentación de sus avances, y junto a su esposa Evelyn Caster, también investigadora, es alcanzado por un proyectil infectado con material radiactivo, disparado por un terrorista anti-tecnológico, que lo condena a morir en menos de un mes. Su salida no es otra que tratar de unirse a la máquina que él mismo ha creado, con el fin de que su alma sobreviva en forma de software dentro de la computadora. ¿Pero será él realmente quien sobreviva? ¿O la IA que en su día creó?

Este dilema supone el núcleo vertebral de la trama de la película. El guión, que en un principio es ágil y entretenido, nos presenta una idea fresca, atractiva. Hasta que a Pfister se le va el asunto de las manos…

Rebecca Hall, como ‘Evelyn’

Cegado tal vez por el éxito que Nolan cosecha con su maestría a la hora de jugar con lo que el espectador no sabe, Pfister intenta realizar una copia barata a través de un guión que empieza a enredarse a partir de la primera media hora de cinta, se hace pesado y aburrido durante el tramo medio, y decepciona y deja cabos sueltos en el final. Así, uno no entiende por qué la película muestra enormes sinsentidos, ni tampoco por qué la esencia de los personajes no queda reflejada claramente al final. Parte de la culpa, innegablemente, es achacable a Jack Paglen, guionista de la película. Sin embargo, el error grave no es suyo, sino de los productores que contrataron a un cineasta inexperto para escribir el libreto de una producción de más de 100 millones de dólares (entre los que se encuentra, dicho sea de paso, Christopher Nolan, al que debo alabar como director, y atizar como productor…).

Si el único problema fuese que Wally Pfister se equivocó a la hora de recomendar guionista, la película aún hubiese podido salvarse, pero Pfister no estaba dispuesto a quedarse a medias. La realización que efectúa en la segunda mitad del filme, apoyando casi todo el peso de la película en un enfoque bélico, y en unos buenos aunque insuficientes efectos especiales, hace que el interés del espectador caiga en picado. Por otro lado, apenas saca provecho de un reparto que daba para mucho más. A continuación os hablo de él.

Johnny Depp (dudo que alguien no sepa quién es…) encarna al científico independiente y alternativo, Will Caster. Su interpretación, floja y apática, no es más que el fruto de una dirección más centrada en la actriz secundaria que en el protagonista.

La “secundaria” es Rebecca Hall (El truco final (2006), The Town (2010), Iron Man 3 (2013)), que se introduce en la piel de Evelyn, la esposa de Will. A través de ella, principalmente, se diseña el dilema ontológico de la trama. No realiza un mal trabajo.

Max (Freeman), el agente Buchanan (Murphy) y Evelyn (Hall), observan el núcleo de la IA.

Los verdaderos secundarios son Paul Bettany (Una mente maravillosa (2001), Master And Commander (2003), Margin Call (2011)), Morgan Freeman (Cadena perpetua (1994), Million Dollar Baby (2004), protagonista de Invictus (Clint Eastwood, 2009)) y Cillian Murphy (Batman Begins (2005), Origen (2010), Luces Rojas (2012)), en el mismo orden decreciente, tanto de importancia como de participación. El primero hace de Max Waters, amigo de la pareja protagonista, y es un trabajador actor que aquí no puede lucirse, a pesar de su intención de hacerlo (eclipsar a Johnny Depp es un propósito suicida, Paul…); el segundo está tomando una serie de papeles de nivel intermedio en la industria, como éste del investigador Joseph Tagger, que están dirigiendo su carrera a un punto por debajo del estrato en el que antes se situaba, situación que debe corregir; el tercero, por último, apenas aparece en la cinta, y cumple con su papel del agente Buchanan.

La nota de fondo la pone Kate Mara (127 Horas (2010), La Huída (2012)), hermana mayor de la también actriz Rooney Mara, a la que supera en años pero no en talento. Carga demasiado a su personaje, la activista Bree, de miradas enajenadas.

Fuera del reparto, lo que lucen son los efectos especiales. Como ya he dicho, no consiguen resolver el problema endémico de la película, pero es obvio que han debido de suponer una inversión considerable. Ayudan al director a dar el enfoque que él quiso a la película, erróneo bajo mi punto de vista.

La música, por otro lado, recuerda bastante a la de los trabajos del director de Origen (2010), algo curioso, puesto que el compositor de la banda sonora de Trascendence, Mychael Danna, jamás ha trabajado con Christopher Nolan. ¿Estaremos ante la primera decisión acertada de Wally Pfister?

Tal vez mi impresión sobre Trascendence venga enormemente condicionada, una vez más, por lo que esperaba de ella, que era mucho. Al final, la película no es más que un relato de ciencia-ficción aburrido y difícil de entender, y no la obra magnífica, interesante, innovadora y sorprendente que me esperaba.

¡Ay! Si la hubiese dirigido Nolan…

– Lo Mejor: La música que acompaña a las imágenes, compuesta por Mychael Danna.

– Lo Peor: Que la película lleve a Johnny Depp en portada, cuando realmente, apenas se saca partido del talento del actor, y del reparto en general.

Las dos caras de enero: Las dos caras de Hossein Amini

por Alejandro Aramendía (@alejandro_arame)

En numerosas ocasiones, he hablado del carácter multidisciplinario de las figuras que conforman la industria de la Producción, el primero (puesto que funciona antes que el segundo…) de los dos grandes hemisferios en que se compone el mundo del Cine.

Chester (Viggo Mortensen) y Colette (Kristen Dunst) MacFarland

Los actores se convierten en directores; los directores se convierten en guionistas, o en productores; los productores se convierten en directores a veces, y a su vez, de vez en cuando, en compositores, ayudantes, sindicalistas, o directores de marketing. Tal vez venga del puro amor por el arte concreto, o del génesis habitual de todos ellos, estudiantes sin demasiados recursos que deben llevar a cabo una labor polivalente para sacar adelante sus pequeños brotes de virtuosismo. El caso es que al final todos quieren probar un poco de todo.

Siendo cierto y nada extraño que suceda lo anteriormente descrito, no es menos verdad que todos ellos tienen una competencia en la que son más hábiles, y por supuesto, unos cuantos puntos en los que poseen carencias. Y no siempre descubren su ‘destreza de oro’ a la primera. Así, Mel Gibson es mucho mejor director que actor (algo similar a lo que le ocurre a Ben Affleck…); Quentin Tarantino destaca más como guionista que como intérprete; David Yates es mejor productor que realizador; Clint Eastwood no es para nada un mal compositor…

A veces uno erra al empezar en algo, y otras uno falla al cambiar. Hoy voy a hablar de un ejemplo de esto último, en la figura de Hossein Amini, director de Las dos caras de enero.

Colette MacFarland

Hossein Amini, un inglés de origen iraní, comenzó su andadura cinematográfica apuntando alto. Con tan solo 23 años, consiguió colarse en el mundillo gracias a un cortometraje de acción, y saltó a la palestra con varias adaptaciones exitosas de guiones tanto para telefilmes como para largometrajes de sala. De talento innegable, llegó a obtener una nominación al Oscar de Mejor Guión Adaptado con Las alas de la paloma (Iain Softley, 1997). Tras ella, un enorme parón lo separó de los trabajos que lo han situado a primer nivel internacional: el guión de Las cuatro plumas (Shekhar Kapur, 2002); la historia de Shanghai (Mikael Hafstrom, 2010), el guión de Drive (Nicholas Winding Refn, 2011), su mejor trabajo; el guión de Blancanieves y la leyenda del cazador (Rupert Sanders, 2012); y el guión de La leyenda del samurái: 47 Ronin (Carl Rinsch, 2013).

Como puede comprobarse, Amini siempre había desarrollado su carrera a las teclas de la máquina de escribir, pero, decidido, se sumergió en la dirección de una película de producción considerable. Craso error. Las dos caras de enero cuenta, efectivamente, con un decente guión, a cargo del propio Amini, pero es en la ejecución de ese guión, la forma de plasmarlo en la pantalla del propio cineasta, donde el trabajo de Amini queda en entredicho.

Oscar Isaac, a la izquierda, en el papel de ‘Rydal’

La historia, adaptada de la novela de suspense homónima de Patricia Highsmith, nos dibuja un thriller en el que una pareja estadounidense de mediana edad, Chester y Colette MacFarland, de evidente poder adquisitivo y oscuro pasado, se encuentra por casualidad, durante un viaje aparentemente distendido por Atenas, con Rydal, un guía turístico americano, jóven y codicioso, deseoso por obtener aquello que Chester MacFarland posee. El destino de los tres queda unido cuando, de forma inesperada, Chester es asaltado por un mafioso detective privado a las órdenes de unos viejos acreedores. La muerte de este detective lo hará depender únicamente de Rydal para huir de Atenas sin ser descubierto.

Con un principio interesante, Hossein Amini nos presenta a los personajes y los describe de una forma eficaz, gracias a su buena escritura, y a pesar de ser tosco y simple a la hora de secuenciar las imágenes. A partir del segundo tercio de película, el nudo se hace pesado, Amini se pierde en una serie de escenas que ilustran una poco clara relación entre Colette y Rydal, claramente exigidas a partir del libro original, pero que carecen de viabilidad cinematográfica en una película de hora y media de duración, al menos en las manos de un Hossein Amini que da detalles imprecisos de solo una parte de un todo. El final, extraño y enrevesado, no soluciona la pesadez general de la película. ¿Y por qué? Porque el ritmo durante todo el filme es imperdonablemente lento.

En el apartado interpretativo, Viggo Mortensen realiza un buen papel, medido, compacto, sin altibajos, para plasmar al propio Chester MacFarland. Pero de nada vale remar muy fuerte en la barca que se dirige hacia el precipicio. Él no tiene la culpa.

Kristen Dunst es Colette MacFarland. Su personaje tiene un carácter secundario, pero un poco más de pasión no habría venido mal. Daba igual de todos modos.

En el papel de Rydal tenemos a Oscar Isaac. A él le pasa al contrario que a su compañera. Sobreactúa en determinados momentos, a pesar de encajar más o menos el papel.

En el apartado sonoro, la música de Alberto Iglesias ayuda a que la película no se haga demasiado pesada, lleva en sus espaldas la carga del primer tramo de la película, y le otorga un aire especial característico del estilo de las películas de suspense de hace algún tiempo (la trama se ambienta en la década de 1960′. La música ayuda a trasladar al espectador de forma práctica).

En el hilo de lo anterior, la buena conjunción de fotografía y vestuario, así como la buena elección de los exteriores en los que fue rodada, hacen que la ambientación sea considerablemente buena.

No obstante, esto no resulta suficiente para convertir a Las dos caras de enero en una película que apruebe. Y esto se debe, repito, a la simpleza y la lentitud en el resultado de realización de Hossein Amini, que, por cierto, ya se encuentra trabajando en un nuevo proyecto. Llevará por título ‘Our Kind Of Traitor’. Eso sí: él únicamente será el guionista…

– Lo Mejor: La interpretación de un solvente Viggo Mortensen, y los primeros 25 minutos de película.

– Lo Peor: La lentitud general del film, condenado al olvido.

Dom Hemingway: ladrón al puro estilo ‘RocknRolla’

por Alejandro Aramendía (@alejandro_arame)

Tengo que reconocer, en primer lugar, que soy un verdadero fanático del Cine Negro.

Desde El Golpe (G. R. Hill, 1973), hasta Camino a la perdición (Sam Mendes, 2002), pasando por Casino (Martin Scorsese, 1995), la nueva saga de Ocean’s Eleven (del director Steven Soderbergh), o las más oscuras y propias del Noir más puro como Zodiac (David Fincher, 2007), o la reciente Prisioners (Denis Villeneuve, 2013). Todas ellas cuentan con un punto en común característico: un buen guión que cuenta una historia girada entorno a la comisión de un delito, o entorno a las personas que los cometen habitualmente.

Por tanto, no sorprenderá en ningún caso que diga que Dom Hemingway, película de la que les hablo a continuación, me gustó. Y bastante. Hinquémosle el diente.

Dom Hemingway (Jude Law), junto a su amigo Dickie Black (Richard E. Grant)

La trama nos habla del propio Dom Hemingway, un ladrón canalla y descarado, de lengua afilada e hígado castigado, ampliamente conocido en los bajos fondos londinenses. Tras pasar 12 largos años en prisión, lejos de su hija y su enferma mujer, sale decidido a reclamar lo que su antiguo jefe, un poderoso gángster, le debe como premio por mantener la boca cerrada durante su condena. Acompañado por su camarada Dickie, ambos van en busca de la codiciada recompensa, pero la difícil personalidad de Dom acaba desatando una serie de desdichas que ninguno esperaba.

El guión corre a cargo del director de la cinta, Richard Shepard, responsable de cintas como The Matador (2005), o La sombra del cazador (2007). Su trabajo como guionista y como director recuerda bastante al de Guy Ritchie, con diálogos hilariosos y bizarros, y secuencias rápidas, rodadas con planos intensos a la par que extravagantes. La película, de algo más de hora y media de duración, se desarrolla con buen ritmo, es divertida (aunque a veces posee diálogos algo extridentes), y posee un componente también más serio cuando nos habla de la relación de Dom como padre. Shepard supera la prueba con elegancia.

El Sr. Fontaine (Demian Bichir), seguido por los dos ladrones

En el apartado de interpretaciones, Jude Law (¿alguien más lo recuerda junto a Sadie Frost en aquella Shopping: de tiendas de Paul W. S. Anderson de 1994…?) se encarga del trabajo principal. Una película que lleva por título el nombre de uno de sus personajes necesariamente supone un reto para el actor que encarna a dicho personaje, y al mismo tiempo, una oportunidad para lucirse. El 90% de la película es Dom Hemingway, y el 90% del éxito de la película es el buen trabajo de Jude Law. Creíble, suelto, carismático y talentoso, Law desarrolla su cometido a la vez que disfruta de su propia interpretación. El resultado es natural, y muy singular. Si el papel lo hubiese hecho otro actor, estaríamos hablando de una película distinta.

En el reparto secundario, Richard E. Grant (Love Hurts (2009), La Dama De Hierro (2011)), al que siempre he acusado de ser fisicamente una mezcla entre Christopher Walken y Geoffrey Rush, demuestra que puede ser un actor secundario tan capaz como estos dos. Dota al personaje de Dickie de una complejidad mayor que la que el propio guión le otorga, gracias a pequeños detalles en su actuación. Por otro lado, Demian Bichir (Salvajes (2012), Cuerpos especiales (2013)) parece anclado a papeles en los que representa a grandes jefes del hampa, como este en el que hace del Sr. Fontaine. Parece lógico: se le dan bastante bien.

En el punto más dramático, la joven Emilia Clarke, a la que todo el mundo asocia a la teleserie ‘Juego de Tronos’, interpreta a Evelyn, la hija de Dom. Su papel pone el toque de seriedad y sentimentalismo por el que el director quiso girar (la película podría haber sustituído esta subtrama por otra más propia del cine mafioso, pero está bien así también). Por último, Kerry Condon pone un toque curioso con su interpretación de Melody, sirviendo eficientemente como apoyo al guión.

En cuanto a la producción más técnica, destaca para bien la introducción de una banda sonora mixta, con canciones externas y piezas de producción propia, coordinada por John Coyne, que acompaña e ilustra de una forma satisfactoria a toda la trama. Y también merece una mención especial el departamento de catering, responsable de que Jude Law ganase más de 13 kilogramos para interpretar a este ladrón descuidado.

Evelyn (Emilia Clarke), la hija de Dom, cantando con su grupo

En definitiva, Dom Hemingway es una comedia negra bien dirigida por un neoyorquino que mama del estilo inglés, que consigue divertir y entretener, sobretodo, a aquellos que, como yo, disfrutan de este tipo de historias.

– Lo Mejor: El guión, y la interpretación de Jude Law, no disponible para otro actor que no fuese él.

– Lo Peor: Por momentos, los delirios del protagonista rozan el límite entre lo brillante y lo extravagante.

Jimmy P: Volviendo loco al espectador…

por Alejandro Aramendía

Como decía Forrest Gump en una de las más célebres citas que en su boca situó el guionista Eric Roth, “la vida es como una caja de bombones: nunca sabes qué te va a tocar”.

El Cine es parecido. Uno entra a una sala de cine pensando que verá una cosa, y en muchas ocasiones, lo que se encuentra no tiene nada que ver con lo que esperaba.

Yo entré en la sala a ver Jimmy P con muchas ganas de ver otra excelente actuación del intérprete Benicio Del Toro, y lamentablemente, acabé observando un tedioso y aburrido tropiezo del director Arnaud Desplechin.

George Devereux (Mathieu Amalric) psicoanaliza a Jimmy Picard (Benicio Del Toro)

Si bien la trama en sí ya es aburrida, el director se encarga de acentuar dicho error con un trabajo impresentable. Vayamos por partes.

El guión de la película se asienta sobre la historia del libro “Reality and dream: Psychotherapy of a Plains Indian” del escritor George Devereux, que a su vez es uno de los protagonistas de la trama. La cinta nos cuenta el proceso de estudio y tratamiento de un enfermo mental, James Picard, indio blackfoot, por parte de una serie de doctores entre los que se encuentra el propio George Devereux, antropólogo y psicoanalista francés, con un oscuro pasado, todo ello ambientado en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Aparte de pretencioso, resulta lento y aburrido. El guión posee digresiones interminables que pretenden parecer interesantes y altivas, pero que dejan al espectador con ganas de contestar “y a mí, ¿qué?”. Por otro lado, se introducen momentos flashback que no son meramente narrativos, y que albergan la intención de dibujar un cuadro dramático, con un trasfondo conmovedor o “concienciador” fracasado, que no hacen sino aumentar la sensación de que la película está quedando verdaderamente larga…

Devereux (Amalric) y Madeleine (McKee)

El trabajo de Desplechin como cineasta queda muy en entredicho después de su labor aquí. Lejos de evocarnos sus mejores trabajos, como aquel Reyes y Reina (2004), nos da la impresión de que repite batacazo. No consigue darle ritmo a su película, a veces crea secuencias mudas que solamente entiende él, y ni siquiera se esfuerza en ofrecer planos firmes, sino que la cámara baila, mareante, en la cara de los intérpretes. Su elección del sonido en el primer tramo de la cinta es la de un amateur que se pone a editar vídeos caseros, y sólo en la segunda mitad de la película consigue crear algo de interés.

Por otro lado, apenas consigue sacar algo bueno de sus principales figuras. Benicio Del Toro (Traffic (Steven Soderbergh, 2000), Salvajes (Oliver Stone, 2012)), en el papel de Jimmy Picard, el enfermo, nos ofrece una actuación engorrosa, algo forzada, y que no termina de encajar muy bien con la personalidad más ácida y campechana que Del Toro suele depositar en sus personajes. Más que un enfermo psiquiátrico, parece un retrasado mental.

Algo mejor lo hace Mathieu Amalric (La escafandra y la mariposa (Julian Schnabel, 2007), actualmente en los cines con El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)) como George Devereux. Es un actor camaleónico, que en esta pieza resulta natural y creíble. Tal vez su excelente actuación sea lo mejor de todo el film.

En el ámbito de las actuaciones de reparto, podríamos decir que la mejor es la de Gina McKee (Notting Hill (Roger Michell, 1999), Expiación (Joe Wright, 2007)), en el papel de Madeleine, grácil y amable, con un carácter que, una vez más, el director no explota, en otro de los puntos en los que deja la trama abierta e inexplicada, como lo hace con el oscuro pasado del personaje George Devereux. Tampoco lo hace mal la actriz Jennifer Pademski como Doll, la nueva chica que ha conocido Jimmy.

Si bien la fotografía no es mala, ni tampoco la ambientación, el diseño de producción no salva las enormes carencias que posee esta obra. Jimmy P es lenta, soporífera, poco interesante, y está mal dirigida. Bombón agrio…

– Lo Mejor: La naturalidad y la calidad de Mathieu Amalric en pantalla.

– Lo Peor: El ritmo soporífero de la cinta, y los cabos sueltos que el director no explica.